Relato 4 – “Biblioteca prohibida”

Asturiex

La tarde había caído sin que Claudia lo notara. La facultad estaba casi vacía; los pasillos silenciosos y la tenue luz amarillenta daban a todo un aire de calma extraña. Había prometido a Marcos repasar juntos un par de informes, y él había insistido en que la biblioteca sería el mejor lugar: silencio garantizado, mesas largas, sillas cómodas y, sobre todo, discreción.

Lo que Claudia no esperaba era que esa discreción terminaría poniéndolos en más problemas que soluciones.

Cuando entró, lo encontró sentado al fondo, con un par de carpetas abiertas frente a él y esa sonrisa que le dedicaba últimamente cada vez que la veía, mezcla de complicidad y desafío.

—Llegas tarde —murmuró él, bajando la voz por respeto al lugar.

—El tráfico —dijo ella, quitándose el abrigo y dejando el bolso sobre la mesa.

Se sentó frente a él, intentando concentrarse en las hojas que extendía, pero pronto notó la mirada fija de Marcos. Esa forma en que sus ojos recorrían su cuello, el movimiento de su cabello al caer sobre el hombro… Era imposible ignorarlo.

—¿Qué? —preguntó, arqueando una ceja.

—Nada. —Marcos fingió revisar un gráfico, pero sonrió—. Solo me distraes.

Claudia carraspeó, reprimiendo una risa. Sabía exactamente lo que estaba haciendo. Esa tensión entre ellos llevaba semanas creciendo, alimentada por ascensores, cafés y clases nocturnas. Y ahora, en el silencio casi sagrado de la biblioteca, todo parecía amplificado.

Intentaron trabajar, de verdad. Unos minutos de concentración, subrayados, comentarios serios. Pero pronto él se inclinó hacia ella, como quien comparte un secreto, y dejó que su brazo rozara el suyo. Fue apenas un contacto, pero suficiente para que la piel de Claudia se erizara.

—Tienes una mancha de tinta aquí —susurró, señalando el dorso de su mano.

Ella lo miró, escéptica.

—Mentiroso.

—Te lo juro. —Marcos tomó su mano entre las suyas, girándola suavemente—. ¿Ves?

No había ninguna mancha. Pero su dedo trazaba círculos lentos sobre la piel de Claudia, y ella sintió que el calor subía hasta sus mejillas.

—Estás jugando —murmuró, intentando retirar la mano.

—Siempre —respondió él, sin soltarla.

Claudia lo miró fijamente. El murmullo lejano de un estudiante hojeando páginas fue lo único que los rodeó durante unos segundos. Entonces, sin saber bien quién de los dos cedió primero, la distancia se acortó aún más.

Él se inclinó, rozando su rodilla bajo la mesa con la de ella. Claudia no se apartó. Al contrario: deslizó su pie hasta tocar el suyo, un gesto inocente en apariencia, pero que encendió en ambos una chispa peligrosa.

—Aquí no podemos —susurró ella, con voz entrecortada.

—Exacto. —Marcos sonrió, inclinándose aún más—. Por eso es tan divertido.

Sus labios quedaron a apenas unos centímetros. El corazón de Claudia golpeaba con fuerza; sentía el impulso de lanzarse y al mismo tiempo la adrenalina de saber que alguien podría aparecer en cualquier momento.

—Estás loco —murmuró.

—Lo suficiente para querer besarte aquí mismo.

Claudia tragó saliva. Podía oler su perfume, sentir el calor de su cuerpo inclinándose sobre el suyo. Un paso más, y todo se rompería.

Y entonces sucedió. Un roce breve, apenas un toque de labios, rápido como un suspiro, pero cargado de toda la tensión contenida en semanas.

Claudia cerró los ojos un instante, saboreando la osadía. Cuando volvió a abrirlos, Marcos la observaba con una mezcla de deseo y diversión.

—Eso no fue un beso —susurró ella, desafiándolo.

Él arqueó una ceja.

—Entonces habrá que hacerlo bien.

Esta vez no hubo dudas. Sus labios se encontraron con fuerza contenida, urgencia disfrazada de silencio. Claudia sintió cómo la mano de Marcos acariciaba su mejilla, cómo sus dedos rozaban su cuello. El mundo entero pareció desvanecerse en ese instante, reducido al calor de ese beso prohibido en un lugar donde hasta un suspiro podía delatarlos.

Cuando se separaron, apenas unos segundos después, Claudia respiraba agitadamente.

—Nos van a descubrir —dijo, intentando recomponerse.

Marcos sonrió, rozando con su pulgar la comisura de sus labios.

—Entonces habrá que ser creativos.

Claudia quiso protestar, pero en el fondo sabía que ya había cruzado la línea. Y que, después de ese beso en la biblioteca prohibida, ya no había vuelta atrás.

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