Relato 3 – “Clase nocturna”

Se quedan juntos trabajando/revisando un proyecto, donde el “trabajo” pasa a segundo plano.

La oficina estaba prácticamente desierta. Los pasillos, que durante el día bullían de conversaciones y llamadas, parecían ahora un laberinto silencioso iluminado apenas por las luces de emergencia. Claudia revisó su reloj: las nueve de la noche. Sus compañeros se habían marchado hacía rato, pero el informe que debía entregar al día siguiente aún estaba lejos de estar listo.

Suspiró, frotándose las sienes, y volvió a concentrarse en la pantalla de su portátil. No tardó en notar una presencia a su lado.

—Vaya, pensé que era el único condenado a trabajar a estas horas. —La voz grave de Marcos la sorprendió.

Ella levantó la vista y lo encontró recostado en el marco de la puerta, con la chaqueta colgada en un brazo y la corbata más floja de lo habitual.

—¿Tú también? —preguntó ella, arqueando una ceja.

—Unos números que no cuadran. —Se encogió de hombros y entró en la sala—. Pero veo que no soy el único mártir.

Claudia sonrió, aunque no pudo evitar notar cómo su presencia alteraba el aire de la habitación. Desde aquel café, la chispa entre ellos no había hecho más que crecer. Se cruzaban en los pasillos con miradas que hablaban más que cualquier saludo, y en las reuniones, bastaba un comentario suyo para que ella sintiera un cosquilleo que le costaba disimular.

—¿Quieres ayuda? —preguntó Marcos, señalando la montaña de papeles sobre su mesa.

Claudia dudó. Parte de ella sabía que sería más distracción que ayuda, pero otra parte —más atrevida— le daba la bienvenida a la idea.

—No sé si eres de fiar con números.

—Quizá no con números. —Marcos se acercó, inclinándose sobre el respaldo de su silla para mirar la pantalla—. Pero sí con compañía.

El calor de su cuerpo tan cerca la desestabilizó. Claudia se obligó a apartar la vista de sus labios y señaló el documento.

—Aquí están los cálculos. Falta revisarlos.

—Perfecto. —Marcos arrastró una silla y se sentó a su lado, tan cerca que sus brazos casi se rozaban.

Al principio intentaron trabajar en serio, pero la seriedad duró poco. Él señalaba errores mínimos solo para provocar discusiones, y ella respondía con comentarios sarcásticos que lo hacían reír. Cada carcajada de Marcos resonaba en la oficina vacía como un eco cómplice, y Claudia descubrió que le gustaba demasiado escucharla.

—¿Sabes qué? —dijo él tras una hora de supuesta concentración—. Esto es insoportable.

—¿El informe? —preguntó ella, girándose hacia él.

—No. —Su voz bajó un tono—. Fingir que no quiero distraerte.

Claudia abrió la boca, pero no encontró respuesta inmediata. El silencio entre ellos se cargó aún más. Afuera, la ciudad vibraba con luces lejanas, pero dentro de esa oficina el mundo parecía reducido a dos personas, una pantalla encendida y un par de respiraciones aceleradas.

—Marcos… —empezó, sin saber exactamente cómo continuar.

Él tomó una tiza del pizarrón que había al fondo de la sala. Se levantó, caminó hasta allí y escribió algo con letras grandes y rápidas. Claudia entornó los ojos para leer: “10 minutos de descanso”.

Se giró hacia ella con una sonrisa.

—Regla de productividad básica.

Claudia negó con la cabeza, divertida.

—Eres un caso perdido.

—Tal vez. —Dejó la tiza y se acercó de nuevo—. Pero soy un caso divertido.

Ella lo observó, debatiéndose entre la razón y el impulso. El recuerdo del ascensor y del café la golpeó con fuerza. Quizá lo correcto era mantenerse en su sitio, marcar distancia… pero había algo en esa mezcla de descaro y ternura que le resultaba irresistible.

—¿Y qué propones hacer en estos diez minutos? —preguntó al fin, retándolo con la mirada.

Marcos inclinó la cabeza, acercándose lo suficiente para que sus rodillas se rozaran bajo la mesa.

—Improvisar. —susurró.

El aire pareció volverse más denso. Claudia notó cómo su respiración se aceleraba, cómo su piel reaccionaba a cada centímetro que los separaba. Apretó el bolígrafo entre los dedos, buscando aferrarse a algo.

—Esto es una locura. —murmuró.

—Sí. —Él sonrió—. Y lo estás disfrutando.

El silencio volvió a caer, pero ya no era incómodo, sino expectante, cargado de posibilidades. Claudia se recostó en la silla, fingiendo calma, aunque por dentro ardía de nerviosismo y deseo.

—Vuelve a tu asiento —dijo, con un tono que pretendía ser autoritario.

Marcos se inclinó aún más, hasta que su voz fue apenas un murmullo cerca de su oído.

—Solo si me lo pides de verdad.

Claudia cerró los ojos un instante. Podía sentir el calor de su aliento, el magnetismo de su proximidad. Y aunque no lo admitiera en voz alta, lo último que quería era que se apartara.

El reloj en la pared marcó las diez de la noche. La oficina estaba en silencio absoluto, salvo por sus corazones latiendo demasiado rápido.

Ella abrió los ojos y lo miró fijamente.

—Entonces quédate. —dijo al fin.

Marcos sonrió, satisfecho.

—Sabía que dirías eso.

No hizo falta nada más. El juego ya había cruzado un límite invisible. El informe quedó olvidado sobre la mesa, los papeles dispersos como si fueran lo menos importante del mundo. Los diez minutos de descanso prometidos se convirtieron en una noche demasiado corta, la primera de muchas que dejarían claro que ninguno de los dos estaba dispuesto a detener aquel juego.

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