
El reloj marcaba las ocho y media de la tarde cuando Claudia salió de la sala de reuniones. El edificio de oficinas estaba casi vacío, las luces de los pasillos parecían más tenues de lo normal y solo se escuchaba el zumbido constante del aire acondicionado. Había sido un día interminable: presentaciones, llamadas, papeles acumulados.
Caminó con paso decidido hacia el ascensor, deseando llegar a casa y deshacerse de los tacones que le estaban matando los pies. Ajustó la chaqueta de su traje y dejó escapar un suspiro. Quería silencio, una copa de vino y nada más.
Al girar la esquina vio las puertas metálicas del ascensor cerrándose lentamente.
—¡Espera! —exclamó, acelerando el paso.
Una mano masculina apareció en el último instante, deteniendo las puertas. Cuando se abrieron de nuevo, ahí estaba Marcos, apoyado en el marco con una media sonrisa.
—Pasa —dijo, con ese tono grave que parecía acariciar las palabras.
Claudia levantó las cejas, sorprendida. No esperaba encontrarlo allí a esas horas.
—Vaya… —respondió mientras entraba—. Pensé que ya te habías ido.
Marcos apretó el botón de la planta baja y la observó de reojo mientras las puertas se cerraban.
—Podría decir lo mismo. Creí que eras de las que escapan en cuanto dan las seis.
Claudia sonrió con ironía.
—Hoy no tuve escapatoria. —y luego, bajando la voz, añadió—: Aunque admito que me habría gustado.
El ascensor comenzó a descender suavemente, acompañado del ligero traqueteo de los cables y el zumbido eléctrico. Por un momento reinó el silencio, ese silencio incómodo que se da entre dos personas que se conocen lo suficiente para reconocerse, pero no tanto como para saber qué hacer con la cercanía.
Claudia miró el panel luminoso de los pisos. Apenas habían bajado dos cuando, de repente, el ascensor se sacudió con un golpe seco. Las luces parpadearon y el movimiento se detuvo.
—¿Qué demonios…? —Claudia sujetó instintivamente la barra lateral.
El ascensor quedó inmóvil, detenido entre el séptimo y el octavo piso. Una alarma leve sonó durante unos segundos, hasta que quedó sustituida por un pitido intermitente.
—No puede ser… —murmuró Claudia, frunciendo el ceño—. Justo hoy.
Marcos, en lugar de alterarse, se echó hacia atrás con tranquilidad, apoyando un hombro contra la pared metálica.
—Tranquila, no parece grave. Seguro que en unos minutos lo arreglan.
Claudia lo miró con escepticismo.
—¿Y si no? ¿Y si nos quedamos aquí horas?
Marcos se encogió de hombros, esa sonrisa pícara en los labios.
—Peor sería que me hubiera tocado alguien aburrido como compañía.
Ella arqueó una ceja.
—¿Y qué te hace pensar que yo no lo soy?
Marcos dio un paso hacia adelante, reduciendo un poco la distancia.
—Digamos que tengo mis sospechas.
Claudia trató de mantener la compostura, aunque en el fondo no pudo evitar una ligera risa. El ascensor se iluminó entonces con la luz de emergencia, un resplandor rojizo que cubría el interior con una atmósfera íntima, casi teatral.
Ella se cruzó de brazos y lo observó detenidamente. Marcos tenía la corbata floja, la camisa ligeramente desabotonada en el cuello y el cabello algo revuelto. Había trabajado duro ese día, pero aun así conservaba ese aire despreocupado que la desconcertaba.
—¿No estás nervioso? —preguntó ella, al notar lo sereno que se mostraba.
Él sonrió con calma.
—¿Debería estarlo?
Claudia chasqueó la lengua.
—Cualquier persona normal lo estaría.
Marcos se inclinó apenas, con esa mirada que parecía leerle los pensamientos.
—Tal vez no me pongo nervioso por el ascensor… sino por estar encerrado contigo.
El comentario la pilló desprevenida. Sintió un calor repentino subirle por el cuello, aunque intentó disimularlo con una sonrisa incrédula.
—Vaya, qué directo.
—No tiene sentido perder tiempo —replicó él, bajando la voz—. La situación es la que es.
Un silencio cargado se instaló entre los dos. Claudia se obligó a mirar hacia otro lado, hacia los números estáticos del panel. Sin embargo, el reflejo de ambos en las puertas metálicas la traicionaba: podía ver cómo él la observaba con detenimiento, con descaro incluso.
—¿Sabes? —dijo ella finalmente, buscando romper la tensión—. En otra circunstancia esto me parecería una pesadilla.
—¿Y ahora? —preguntó Marcos.
Claudia giró lentamente la cabeza hasta encontrarse con su mirada.
—Ahora… no estoy tan segura.
Sus dedos, casi sin darse cuenta, se deslizaron hacia la corbata de él. La tomó entre el pulgar y el índice, tirando suavemente, como probando su resistencia.
—¿Seguro que lo que sientes es nervios? —susurró.
Marcos dejó escapar una risa baja, grave.
—Definitivamente no.
El ascensor volvió a vibrar levemente, como si quisiera recordarles que estaban atrapados en una situación real, no en una fantasía. Claudia soltó la corbata con un gesto lento, aunque sus ojos permanecieron fijos en los de él.
—Parece que todavía no se arregla —comentó, forzando un tono neutral.
—Mejor. —Marcos se acercó un paso más, hasta quedar a pocos centímetros de ella—. Así tenemos más tiempo.
Claudia tragó saliva. El corazón le golpeaba con fuerza, pero no retrocedió. Había algo en ese juego que le resultaba tan peligroso como excitante.
La luz de emergencia parpadeó de nuevo, tiñendo el espacio con sombras. Afuera, en algún lugar, se escuchaba el eco lejano de una voz técnica que hablaba por radio. Pero dentro del ascensor, el mundo se había reducido a dos personas, un espacio mínimo y una tensión que crecía como un hilo invisible estirándose al límite.
Claudia rompió el silencio con un murmullo casi imperceptible:
—Si alguien nos viera…
Marcos ladeó la cabeza, con esa sonrisa traviesa que empezaba a resultarle insoportable.
—¿Y qué?
Un pitido más fuerte interrumpió la conversación. El ascensor volvió a sacudirse y, lentamente, comenzó a moverse. Las puertas se abrieron de golpe en la planta baja, revelando el vestíbulo casi vacío del edificio.
Claudia retiró la mano, dando un paso atrás. El hechizo se había roto, pero la electricidad seguía en el aire.
—Supongo que se acabó nuestro encierro. —dijo, intentando sonar indiferente.
Marcos acomodó la corbata con calma, aunque sus ojos brillaban con algo más que alivio.
—O tal vez apenas empieza.
Salieron juntos del ascensor, caminando uno al lado del otro sin necesidad de palabras. La promesa había quedado suspendida en el aire, invisible pero tan real como el latido acelerado de ambos.